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Genialidad o Delirio

La mente, mareada, le dió varias vueltas tras saltar y escapar del muro que la hubo mantenido reclusa durante tan largo tiempo. Ahora, en su renacido cosmo de reglas de estilo, con su mente más allá del muro, todas las direcciones volvían a ser posibles. Volvía a ser. Regresó libre.
Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
Capítulo 1.- Rayuela 
Nuestro anónimo personaje era un escritor novel, ingenuo y engreído que iba a atreverse a juzgar al autor de Rayuela, es decir, a Julio Cortázar, uno de los grandes maestros de la literatura contemporánea. Él, fruto de su pretenciosidad, quiso compararse con el maestro, subrayando con lápiz los pasajes que le recordaron a algunos de sus viejos escritos.
Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos tantas veces el amor la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en la inmovilidad. La Maga no sabía que mis besos eran como ojos que empezaban a abrirse más allá de ella, y que yo andaba como salido, volcado en otra figura del mundo, piloto vertiginoso en una proa negra que cortaba el agua del tiempo y la negaba.
Capítulo 2.- Rayuela
Julio Cortázar
Después de analizar las primeras páginas supo que Cortázar era el reflejo de una mente desorganizada, única e irrepetible; sólo le faltaba aclarar si estaba ante una genialidad o ante un delirio literario de 155 capítulos. Le emergieron mil dudas. ¿Era su estilo de escritura correcto? Se preguntó con rigor (ojo, con todo el rigor que puede tener alguien que ha leído únicamente veinte páginas y alguno de sus cuentos). Para responderse tuvo que recordar que, tiempo atrás, se sintió gravemente herido al percatarse de que sólo su mente le consentía su estilo como algo estructurado y no así sus críticos, los cuales, cito textualmente, advirtieron que "sus textos son extensas y complejas divagaciones un tanto incoherentes, que son como leer un libro con los renglones torcidos, provocando una tremenda fatiga al lector que no sabe nunca dónde está, si aquí o allá".  Para él este fue un momento demoledor que le llevó a abandonar temporalmente la escritura, un error del que ahora estaba empezando a ser consciente. Si Cortázar escribió éxitos con este estilo, ¿por qué no él?
La Maga se peinaba, se despeinaba, se volvía a peinar. Pensaba en Rocamadour; cantaba algo de Hugo Wolf (mal), me besaba, me preguntaba por el peinado, se ponía a dibujar en un papelito amarillo, y todo eso era ella indisolublemente mientras yo ahí, en una cama deliberadamente sucia, bebiendo una cerveza deliberadamente tibia, era siempre yo y mi vida, yo con mi vida frente a la vida de los otros
Capítulo 2.- Rayuela
Con todo y con eso, utilizar a Cortázar para evadir a sus críticos habría sido una estúpidez y un atentado contra el buen criterio ya que, si hacia autocritica, el contraste de sus escritos con los de Cortázar le resultaba casi automático: era como vislumbrar la inmensidad que separa lo vulgar de la genialidad. Además, él, para contentar a sus detractores, se había vuelto simple y predecible, todo lo contrario a un Cortázar al que, si bien para entenderle había que sumergirse en cada una de sus frases para destriparlas una a una, también era cierto que, a veces, la clarividencia de lo que creía leerle no le llegaba hasta varias frases después, o tal vez nunca, pareciéndole el paisaje de letras un surtido de frases inconexas. Sólo cuando hubo aprendido a lidiar con una mente difusa, fue que comenzó a disfrutar de la extraña escritura de Julio Cortázar, viéndose entonces absorbido(gratamente) por los impredecibles giros de cada línea, sin llegar a tener nunca muy claro si estaba comprendiendo a los personajes, al escritor, al narrador o váyase usted a saber lo que hubiese que entender. Era un escritor difícil de leer, cierto, pero, ante todo, era mágico. Era Cortázar y punto.
Salir, hacer, poner al día, no eran cosas que ayudaran a dormirse. Poner al día, vaya expresión. Hacer. Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer tiempo, la acción en todas sus barajas. Pero detrás de toda acción había una protesta, porque todo hacer significaba salir de para llegar a, o mover algo para que estuviera aquí y no allí, o entrar en esa casa en vez de no entrar o entrar en la de al lado, es decir que en todo acto había la admisión de una carencia, de algo no hecho todavía y que era posible hacer, la protesta tácita frente a la continua evidencia de la falta, de la merma, de la parvedad del presente. Creer que la acción podía colmar, o que la suma de las acciones podía realmente equivaler a una vida digna de este nombre, era una ilusión de moralista. Valía más renunciar, porque la renuncia a la acción era la protesta misma y no su máscara. 
Capítulo 3.- Rayuela
A partir de aquí nuestro escritor quiso recuperar su viejo estilo, atreviéndose con textos más caóticos. Quería transmitir de nuevo su espontaneidad, es decir, la esencia de como se piensan las cosas y no tanto cómo se escriben. Iba a reconstruir lo deconstruido, iba volver a ser.
Los contactos en la acción y la raza y el oficio y la cama y la cancha, eran contactos de ramas y hojas que se entrecruzan y acarician de árbol a árbol, mientras los troncos alzan desdeñosos sus paralelas inconciliables. «En el fondo podríamos ser como en la superficie», pensó Oliveira, «pero habría que vivir de otra manera. ¿Y qué quiere decir vivir de otra manera? Quizá vivir absurdamente para acabar con el absurdo, tirarse en sí mismo con una tal violencia que el salto acabara en los brazos de otro.
Capítulo 22.- Rayuela 

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